Nada es más complicado que el buen gobierno. Nada es más difícil que ser un buen gobernante de los asuntos públicos. Nada es más duro que aceptar el pensamiento distinto, que ni se comprende ni se comparte.

Frente a este camino duro y pedregoso, no hay nada más fácil ni más cómodo para un político que dejarse llevar por el camino fácil del castigo a los disidentes, a los que piensan que hay que hacer las cosas de otra forma.

Ese camino fácil y cómodo siempre está asfaltado por los resortes del poder. Si hay que prohibir: se prohíbe. Si hay que mandar después a las fuerzas de seguridad para asegurarse la obediencia a la prohibición: se mandan.

En las dictaduras se hace de forma ostensible, para que el resto de los ciudadanos sepan claramente cuáles son los límites que jamás, jamás, se deben cruzar.

En las democracias occidentales se suele hacer de forma más subliminal (aunque también se prohibe y se reprime), alimentando desde el poder el imperio del pensamiento políticamente correcto, para que los disidentes de ese pensamiento reciban el castigo incluso de sus propios conciudadanos.

El imperio de lo políticamente correcto, sin embargo, tiene los pies de barro. La razón es muy simple: no deja de ser el intento de imposición de un pensamiento único en un entorno democrático. Algo contrario a la esencia de la democracia, donde cada cual puede pensar y hacer lo que quiera dentro del marco de convivencia legal que existe en cada momento. Un marco que no es inamovible, que depende del pensamiento de las mayorías sociales en cada momento.

Nadie tiene nunca toda la razón, nadie está siempre equivocado en todo. Por eso las discrepancias de pensamiento se dirimen mediante votaciones. Que en determinadas elecciones triunfen unas ideas, y en otras la mayoría elija otras distintas, no significa que el que ha perdido esté equivocado ni que el que ha ganado tenga razón, solo significa que en ese momento concreto hay más ciudadanos que piensan de una forma que ciudadanos que piensan de otra.

El problema comienza cuando el que ha ganado pierde de vista que solo ha ganado porque convenció a un mayor número de ciudadanos en esa ocasión y que tiene la tarea por delante de tener que seguir convenciéndolos cada día, esta vez no solo con sus palabras sino también con sus actos. Es entonces cuando cada vez más políticos se dejan seducir por el camino fácil del que hablaba antes: utilizar los resortes del poder para intentar imponer un pensamiento único, una sola forma de ver las cosas, que será la suya, la única, la “políticamente correcta”.

Lo políticamente correcto suele imponerse primero por la fuerza de las normas y después con un despliegue publicitario enorme (normalmente pagado por todos a través de los impuestos) y con un proselitismo de los seguidores, que se van a encargar de estigmatizar a quien se atreva a decir algo en contra, o simplemente a discrepar en algún punto.

Esto durará solo el tiempo que duren en el cargo los políticos que lo hagan. Porque con la imposición llegará la disidencia y con ella el menosprecio primero, la rebeldía después, y por último la desafección y la pérdida de la confianza y de los votos. También llegará el olvido y el desuso de las normas con las que se intentó obligar a todos a admitir algo que la mayoría no entendía o directamente rechazaba.

Permitidme un ejemplo de algo que a mí siempre me pareció una estupidez y que combatí activamente en el partido en el que antes militaba (lo que me costó no pocos disgustos y el desprecio de no pocas compañeras de militancia): La obligación legal de utilizar un vocabulario dual (siempre citando el masculino y el femenino) o neutro (el uso de la palabra “ciudadanía» en lugar de “ciudadanos” da para escribir un libro) que se impuso por la fuerza de la ley cuando gobernaba Zapatero y que ha sido orillada rápidamente en cuanto perdió el poder (hoy solo persisten en el uso sus defensores más acérrimos). Ir en contra de la economía del lenguaje no sirvió de nada, no acabó con la discriminación, los techos de cristal, la violencia de género…

De acuerdo, los defensores «y defensoras» de ese tipo de lenguaje puede que tengan miles de argumentos en favor de su implantación y en contra de lo que digo yo. Pero, ¿sabéis qué? Ni uno solo de esos argumentos me ha convencido nunca, y ¿sabéis qué más? Que tengo derecho a pensar distinto de ellos, a hablar como me dé la gana. ¿Por qué tengo que duplicar las palabras? Soy andaluza y al hablar me como la mitad de las letras porque no las necesito ni las he necesitado nunca para que me entiendan, aunque al escribir sí las uso porque me resulta más cómodo que hacerme entender en andalú.

Viene todo esto a cuento de la sorpresa, natural o fingida, que parece haber producido entre los políticos de las democracias occidentales la victoria de Trump en Estados Unidos, o el triunfo del Brexit en Reino Unido, o las buenas perspectivas electorales de Marie Le Pen… En definitiva el ascenso al poder de los llamados populismos.

¿De verdad están tan alejados de los ciudadanos de a pie que no se habían dado cuenta de las señales? ¿Ni siquiera ante los repetidos triunfos de Berlusconi en Italia?

Lo dudo. Había que estar ciego para no ver el avance del populismo, no eran pequeñas señales de humo en la lejana montaña, era más bien como el terrible incendio de las torres gemelas.

Creo que los políticos de los últimos años en Europa y EEUU, carecen de una verdadera visión de Estado. Hace unos años nuestros gobernantes se esforzaban por intentar hacer realidad los sueños de un mundo mejor. Hoy nuestros nuevos gobernantes han cogido el camino fácil, el auto convencimiento de que el buenísimo que pregonan (desde la comodidad del que lleva muchos años en el poder) es suficiente, piensan que basta con conseguir que todo el mundo se sienta culpable si se les ocurre pensar otra cosa distinta. Vivimos en la pura demagogia barata, igual que la del populismo radical.

Nuestros gobiernos han confiado demasiado en sus aparatos de publicidad y propaganda (cada uno desde su esfera de poder) y en que el pensamiento único de lo políticamente correcto había calado lo suficiente entre los ciudadanos. Al menos como para conseguir que esos mismos ciudadanos sientan que apoyar cualquier otra opción “no políticamente correcta” es moralmente reprobable y además puede romper el “maravilloso” sistema democrático que tenemos.

¡Qué visión más corta de lo que está pasando en nuestras democracias occidentales! ¡Qué poco saben nuestros políticos de lo que está pasando fuera de su burbuja!

Millones de personas sufren la competencia desleal de la inmigración ilegal, que solo beneficia a los dueños de las empresas que los contratan bajo cuerda y se lucran con su trabajo casi de esclavos (además de ser defraudadores fiscales), y que les impide acceder a un puesto de trabajo.

La inmigración también es un grave problema para esa nueva “categoría social”: pobres con empleo, los que no han perdido el empleo pero ahora ganan la mitad y apenas pueden sobrevivir a pesar de su duro trabajo.

Frente al enorme problema del paro/subempleo/inmigración los políticos solo se dedican a afearle a los ciudadanos de a pie su rechazo por una inmigración desbordada (haciéndoles pensar que son malas personas y unos egoístas, que no deberían pensar en sus problemas sino en los problemas de los inmigrantes que llegan porque en sus países están mucho peor que nosotros estamos en nuestras estupendas democracias). Pero no les dan ninguna solución para poder recuperar unas vidas que se rompieron por una crisis de la que no tienen culpa.

Suben los impuestos, y les hablan de su bondad y de lo necesarios que son para mantener los servicios públicos, a una clase media cada día más empobrecida (las clases medias son las únicas que pagan impuestos y que mantienen las democracias occidentales y el pobre Estado del Bienestar que nos queda). Mientras, los ciudadanos ven y sufren el deterioro de esos servicios, siguen apareciendo casos de despilfarro y corrupción, y aumenta la gran ineficiencia en la asignación, gestión y control de los servicios públicos, gestionados cada vez más por personas sin más mérito que su cercanía al poder.

Así podría seguir, citando caso a caso, ejemplo a ejemplo, la falta de cuidado y el desamparo en que se halla sumida una gran parte de los ciudadanos de las democracias occidentales.

Mientras, una clase dirigente se olvidado de que han sido elegidos con una sola misión por estos mismos ciudadanos: cuidar de ellos, velar porque todo el aparato del poder tenga un solo objetivo, que es proporcionarles seguridad y bienestar a todas y cada una de las generaciones que conviven en cada sociedad.

Su misión es conseguir cada vez más bienestar, cada vez más seguridad.

La legitimidad del poder de los gobernantes está en el pueblo que los ha elegido y los elige cada cierto tiempo para que cumplan con esa misión.

¿De verdad esperan nuestros gobernantes que el pueblo los sigan eligiendo cuando lo único que les ofrecen es más sufrimiento y peor reparto de las cargas?

¿No se dan cuenta de que hay una ostentación obscena de la riqueza junto a un pueblo empobrecido y que es el que sustenta económicamente a millones de políticos y cargos públicos (en España: 450.000)

Recordemos que nadie se planteaba votar a la extremos (derecha, izquierda, populismos) cuando en Europa se estaba construyendo el Estado del Bienestar, con una alianza estratégica de los partidos moderados, de izquierdas y de derechas, digna de ser recordada y reivindicada.

Sin embargo, en lugar de reflexionar, los políticos actuales de esos mismos partidos, solo se preocupan por mantener y defender a “muerte” lo políticamente correcto. En un ejercicio permanente de hipocresía social que niega los problemas existentes y mantiene que son invenciones de los otros partidos para desprestigiarlos ¿os suena, verdad?

Después se rasgarán las vestiduras cuando gane Marie Le Pen y el resto de los populistas europeos. Y mirarán por encima del hombro a los votantes “populistas”, sintiéndose moralmente mejores que ellos. En lugar de pensar en qué momento y por qué los ciudadanos le quitaron la legitimidad para ser sus representantes.

Porque el camino fácil del castigo a los disidentes siempre acaba (en democracia) cuando esos disidentes se convierten en mayoría y deciden dejar de votarles. En ese momento el poder de todo el aparato del Estado cambia de manos y, a partir de ahí, puede pasar cualquier cosa.

Los políticos de los últimos años se han olvidado que en nuestras democracias los ciudadanos recuperan su poder al menos cada cuatro años y que tienen todo el derecho del mundo a cambiar de pensamiento y de voto.

Atornillar los votos con leyes electorales cada vez más absurdas (concebidas para que un par de partidos controlen todo el poder) solo sirve para que cuando pierden los votos el que gane se lo lleve todo.

En fin, como soy una optimista natural, terminaré con esperanza: esperando que esta vez nuestros políticos europeos sí escarmienten en cabeza ajena al ver la victoria de Trump.

Esperemos que los gobernantes se dejen de tanta corrección política y de tanta prohibición y se metan verdaderamente en la faena que le corresponde: justificar su existencia y su sueldo arreglando los problemas de de los ciudadanos

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