Ser demócrata requiere aprender a gestionar la frustración. Pero, mira tú por dónde, eso nadie lo dice. Tampoco nos dicen que los demócratas no nacen siendo demócratas, que no llevamos la democracia en los genes. Tendemos de forma natural a pensar que nosotros mismos somos la medida de todas las cosas, que nuestras creencias y convicciones son las correctas.

¡Oh, dios mío! ¿Por qué no me entienden? ¿Por qué no aprenden? ¿Por qué no arreglan las cosas, con lo fácil que es arreglarlas? Son preguntas que todos hemos hecho alguna vez.

Y qué decir de las típicas preguntas que oímos, o leemos a diario en Twitter, cuando se habla de los adversarios políticos y de sus seguidores y votantes: ¿Por qué mierda votan la gente a esos cabrones? Con su respuesta obligada, claro está: Porque son iguales de cabrones que ellos. O esta otra: ¿Por qué están contra mí si yo solo digo la verdad? Y sí, sabéis todos la respuesta, porque es de manual: Están contra mí porque son unos mentirosos (o unos vendidos, o unos fachas, o unos rojos, o unos populistas) de mierda.

Pues, siento decirlo, pero esas preguntas y esas respuestas no son las de un demócrata ¡qué va! Un demócrata aceptaría con naturalidad que otros voten y piensen de forma distinta y no por ello sean cabrones, mentirosos, vendidos, fachas, rojos… o esa palabra tan de moda que ahora sirve para denigrar a todos los que dicen cosas que no nos gusta escuchar: populistas.

Ser demócrata es condenadamente difícil y además es muy cansado. Implica gestionar y domesticar las pasiones propias y aceptar la existencia de las pasiones ajenas, y eso es complicado.

No digamos ya si encima tienes en las venas el gusanillo de la política y entras en ese mundo. Entonces ser demócrata se convierte en un trabajazo.

Creo que estaréis todos de acuerdo en que ya de por sí es bastante cansado intentar convencer a la gente de que tus ideas son mejores que las de los demás (ejemplos maravillosos son las juntas de la comunidad de vecinos), así que si además debes convencerlas a cada momento (¡ay, esas redes sociales!) la cosa se complica aún más.

Porque, ¡vaya por dios!, resulta que necesitas sus votos para poder hacer ese algo que estás “absolutamente” convencido que puede cambiar a mejor el mundo que te rodea. Pero… ¡maldita sea! resulta que las opiniones son como los culos que cada uno tiene el suyo.

Así que durante un tiempo te dedicas a convencerlos, pero cuando llegas a la parte de arriba de un partido político, donde el poder es enorme, decides que ya no tienes tiempo ni ganas de seguir intentando convencer a los votantes, ni siquiera a tus propios compañeros; que es más fácil, más rápido y más cómodo pactar con algunos “colegas” y cambiar las reglas para no tener que seguir convenciendo a los demás.

En ese momento has dejado de ser un demócrata y ¡ni te has dado cuenta!

Además, para entonces ya tienes una opinión formada sobre todo. A partir de ahí se trata de encajar el mundo en esa opinión y no de que tú opinión encaje entre las del resto del mundo.

Es el momento en que aparece el pequeño dictador que todos llevamos dentro, deseando salir en cuanto nos descuidamos. Vuelves a las preguntas del principio y te dices: ¡Joder! si yo tengo todas las respuestas, ¿por qué no me hacen caso y se empeñan en pensar diferente?

Porque ser únicos y pensar diferente es lo que nos hace humanos. Aceptarlo y asumirlo como normal es lo único que nos hace demócratas.

Si damos un pequeño repaso por los estereotipos sociales nos encontramos que:

Van desde los que tienen recetas para todo, y todo lo pretenden arreglar, hasta los que pasan olímpicamente del mundo que les rodea y viven en su mundo interior.

Están los que se empeñan en insistir hasta la saciedad en que hemos nacido para sufrir y que el trabajo es el fin único de todo ser humano, con un espíritu calvinista digno de mejor causa, y miran con rencor, y niegan el pan y la sal, a los que se niegan a pasarse el día trabajando.

Frente a los anteriores están los que piensan que tienen derecho a todo porque han nacido humanos y no gusanos y eso es más que suficiente para que todos los demás tengan la obligación de hacerles la vida fácil.

Los que enarbolan los derechos que la Constitución les reconoce como si fueran el summum de lo sagrado, aunque no estén dispuestos a mover un dedo para contribuir a mantener esos derechos, y los que piensan que tienen derecho a todo porque trabajan más que nadie o porque algún antepasado trabajó (o robó) más que nadie.

Además, están las diversas mezclas y rebujinas que hay de todos estos estereotipos en según y para qué cosas.

Sin olvidar las recetas que cada cual tiene para todos y cada uno de los problemas y situaciones que se dan en la vida pública, y también de la privada… sobre todo, para la de los demás (que ya tiene delito).

Todos creemos tener la razón desde nuestra visión única del mundo

Sin embargo, aceptar que nuestra visión es única pero no la única, es lo que nos hace demócratas.

¿Sabéis cuál es la mala noticia? Que los políticos actuales saben lo difícil que es ser demócrata y lo fácil que es sacar al dictadorcillo que todos llevamos dentro.

Por eso se dedican a simplificar los mensajes y a obligarnos a tomar partido constantemente, a no dejarnos pensar con tranquilidad. Nos bombardean con consignas: “Ese es muy malo”, “Lo que dice es horrible”, “Hay que contraatacar”, “Solo nosotros sabemos lo que es lo mejor”, “Necesitamos que os volquéis y trabajéis para nuestra causa común”, “Tenéis que trabajar mucho para que podamos ganar”, “Este es tu partido porque tu visión de la vida es la única correcta”

Es ese enfrentamiento el que les viene bien. Por eso ninguno se toma el más mínimo tiempo para contarnos lo difícil que es ser demócrata. Lo complicado que es aceptar las reglas del juego de la democracia y lo frágil que son las pocas democracias que existen en el mundo.

No nos cuentan:

Que lo que para uno es bueno para otro no lo es, que no existe la justicia absoluta y que el mundo siempre será injusto a los ojos de cada cual.

Que ser demócrata no es decir que la democracia es votarlo todo cuando crees que vas a ganar y negarse a votar cuando crees que vas a perder. Es respetar las reglas que han sido aprobadas y cambiarlas solo cuando tienes la mayoría para hacerlo.

Que mantener una democracia es muy caro, pero que la alternativa es mucho peor, no solo en términos de derechos sino también en términos económicos, porque los dictadores se lo quedan todo. Que la democracia exige un gran control y una división del Poder en pequeños trozos y que eso hay que pagarlo.

Que vivir en democracia tiene un precio muy importante en Seguridad y en Justicia que hay que pagar, porque sin ellas la impunidad de los fuertes acabarían con la democracia.

Que no defender constantemente una sociedad democrática y libre, con suficiente nivel de bienestar para todos sus ciudadanos, por encima de cualquier discrepancia ideológica, es tirarnos piedras contra nuestro propio tejado, porque la desigualdad es un gran enemigo de la democracia.

Pues sí, no nos cuentas esas cosas.

Así que necesitamos pensar por nosotros mismos. Y entrenar cada día. Entrenar constantemente, porque es condenadamente difícil adquirir el hábito de ser demócratas y dejar de menospreciar al que piensa distinto.

Atemperar nuestras pasiones es posible, incluso deseable. Nos quitará el estrés que sufren las mentes cerradas por culpa del dictadorcillo que llevamos dentro.

Y si nos cuesta conseguirlo… solo hace falta pensar que no tener democracia es… ¡muchísimo más jodido!

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