Estamos a las puertas de un nuevo paradigma económico que nos conviene conocer porque ha llegado para quedarse, pero ¿qué es la economía colaborativa? Para que nos hagamos una idea empezaré transcribiendo una definición simple e inclusiva (ya más adelante habrá tiempo de profundizar en los distintos modelos que tienen cabida en esta nueva economía): La economía colaborativa son las prácticas y modelos económicos basados en estructuras horizontales y comunidades que están transformando nuestra manera de vivir, trabajar y crear.

Mi pasión por la economía colaborativa comenzó en el año 2013, cuando empecé a investigar las posibilidades de crear una plataforma de información periodística, y ha ido creciendo mientras más he ido profundizando.

Este post es el primero de una serie que girará sobre una idea base: Cómo enfrentarnos a un mundo en el que lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no acaba de morir, y qué podemos hacer las personas a las que nos ha tocado vivir este cambio de paradigma.

Nada suscita más controversia que aquello que viene a romper los esquemas sobre los que están montadas nuestras vidas. La tranquilidad que da lo conocido hace que la mayoría de las personas rechacen los cambios; sobre todo, el cambio de su creencias más arraigadas (todos conocemos el refrán: “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”). Ese rechazo está fundamentado en las experiencias vividas, que se extrapolan como verdades absolutas, y en creencias que también nos parecen inmortales.

Sin embargo, a veces el cambio es imparable y nos va a afectar querámoslo o no, porque nos ha tocado vivir en ese momento y en ese lugar concreto de la historia. Esto es lo que pasa justo ahora con la economía que conocemos.

Como nos cuenta Jeremy Rifkin (uno de los gurús más importantes de los actuales líderes mundiales), en su libro La sociedad del coste marginal cero. El Internet de las cosas, el procomún colaborativo y el eclipse del capitalismo”, ha aparecido un nuevo sistema económico en la escena mundial y es el primer sistema económico distinto que ha arraigado socialmente desde la aparición del capitalismo y el socialismo a principios del siglo XIX.

A ese sistema él lo llama “el procomún colaborativo”, y en este libro nos habla de los “prosumidores”, un término acuñado en los años 70, que ha ido evolucionado desde el significado inicial de participación de los clientes en el desarrollo de los productos (para aumentar el grado de personalización del diseño) hasta su significado actual. El prosumidor es ahora la persona que, por tener un conocimiento de nivel especializado, es tanto usuario de un bien o servicio, por ejemplo noticias, como productor o fabricante del mismo, gracias a mecanismos como internet, que rompen la nítida distinción tradicional entre consumidor y productor.

Comparto con vosotros la descripción de la solapa del libro para que os hagáis una idea de su contenido:

“En este nuevo y provocador libro Rifkin nos explica cómo la convergencia de Internet de las comunicaciones, el Internet de la energía y el Internet de la logística ha dado lugar al Internet de las cosas (IdC), un espacio en que la productividad se incrementa hasta tal punto que el coste marginal de producción de muchos bienes y servicios es prácticamente nulo, permitiendo que se puedan ofrecer de manera gratuita y que dejen de estar sometidos a las fuerzas del mercado. El fenómeno del coste marginal cero está dando lugar a una economía híbrida en la cual centenares de millones de personas, los “prosumidores” se conectan en la naciente IdC creando y compartiendo su información, su esparcimiento, su energía limpia y sus productos impresos en 3D con un coste marginal casi nulo. También comparten automóviles, viviendas, prendas de vestir y otros artículos mediante redes sociales, sistemas de alquiler, asociaciones de redistribución y cooperativas, con un coste marginal pequeño o casi nulo. Cada vez más estudiantes se matriculan en cursos abiertos y masivos por Internet (Massive Open Online Courses, MOOC) que funcionan con un coste marginal cercano a cero. Muchos jóvenes emprendedores sociales recurren al micromecenazgo para financiar la creación de empresas y crear monedas alternativas en la incipiente economía de compartir. En este mundo nuevo, el capital social es tan importante como el capital financiero, la libertad de acceso triunfa sobre la propiedad, la sostenibilidad desbanca al consumismo, la cooperación sustituye a la competencia y el “valor de cambio” del mercado capitalista es sustituido progresivamente por el “valor de compartición” del procomún colaborativo. Para Rifkin, el capitalismo seguirá existiendo pero desempeñará un papel cada vez menos especializado y señala, sobre todo, que estamos entrando en un mundo que, en parte, se encuentra más allá de los mercados, en el que aprendemos a convivir en un procomún colaborativo mundial cada vez más interdependiente.”

Podemos estar de acuerdo, o no, con muchos de los planteamientos de Risky con respecto a lo que nos traerá el futuro y ya lo iremos viendo. Pero para mí de lo que no existe ninguna duda es de que la economía colaborativa ha llegado para quedarse entre nosotros.

Para refrendar este pensamiento permitidme traer aquí una cita de Ronald Reagan. No, no es que comparta su ideología :), pero hay que reconocer que la fama por sus frases divertidas era acertada. Esta es una de ellas: “La visión gubernamental de la economía puede resumirse en unas cortas frases: si se mueve, ponle un impuesto; si se sigue moviendo, regúlalo; y si no se mueve más, dale un subsidio”.

En el caso de la economía colaborativa estamos ya en el segundo paso según Reagan: Si se sigue moviendo, regúlalo. En la Unión Europea han evaluado el impacto de la economía colaborativa en 28.000 millones de euros en 2015 y se han puesto en serio a trabajar sobre su regulación. En junio de este año han remitido un informe a modo de guía legal para que sus países miembros empiecen a regularla. Por lo tanto, está claro que el nuevo paradigma económico está aquí para quedarse.

Así las cosas, tenemos que preguntarnos qué podemos hacer los ciudadanos de a pie para pasar por este periodo de transición y salir ganando con el cambio.

Desde luego, no creo que sea buena idea cerrar los ojos a estos cambios, por el contrario tengo claro que deberíamos verlos como un abanico que se abre ante nosotros para darnos nuevas oportunidades con las que aumentar nuestra calidad de vida.

Es cierto que existen muchos riesgos en la economía colaborativa, no seré yo quien los niegue, pero también existen muchas oportunidades que debemos aprovechar (riesgos y oportunidades que iremos viendo a lo largo de estos posts).

Para mí el mayor de todos los riesgos es la falta de interés y preparación de nuestros políticos en este tema. La economía colaborativa está creciendo exponencialmente al amparo del propio crecimiento exponencial de la tecnología y si los políticos locales, autonómicos y nacionales no se preocupan por estos temas, nos encontraremos que en unos años será imposible cambiar el futuro que ya se está dibujando: grandes gigantes tecnológicos transnacionales (en manos de los grandes fondos de capital internacionales) que son los propietarios las grandes plataformas de intermediación entre productores y consumidores y que están fuera de todo control.

Estoy convencida de que el gran reto al que nos vamos a enfrentar en los próximos años es el de poder aprovechar en favor de los ciudadanos las inmensas posibilidades de la economía colaborativa. Y que ese reto pasa por un compromiso firme de los gobiernos, sobre todo de los gobiernos locales, para estar al lado de sus vecinos y allanarles el camino en este periodo de transición, en el que muchos tendrán que dar el salto a esta nueva economía.

 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para mayor información.plugin cookies