Estamos tan acostumbrados a pensar que las cosas son así porque tienen que ser así, porque así han sido siempre, que normalmente ni se nos ocurre ponerlas en cuestión hasta que nos damos de bruces con ellas. ¿Será el resultado de cuarenta años de una dictadura franquista que se movía entre la brutalidad y el paternalismo el que nos hace considerar una “herejía” que en otros lugares la gente pueda pensar de otra forma y organizar su vida y sus derechos de manera diferente a como lo hacemos nosotros?

Viene esta reflexión de hoy a cuenta del Impuesto de Sucesiones, tan polémico últimamente, que me ha traído a la memoria lo que me comentó un amigo cuando publiqué una entrada con mi opinión sobre la necesaria reforma del Derecho de Familia en lo relacionado con los matrimonios y divorcios (El negocio jurídico del amor) y la falta de libertad individual que tenemos para organizar nuestras vidas.

En esa ocasión mi amigo me pidió que publicase mi opinión sobre el Derecho de Sucesiones, otro de los pilares del Derecho Civil que a mi juicio está más necesitado de una buena reforma legal, para poder atender la demanda de la realidad actual y, sobre todo, recuperar nuestra libertad privada frente a unos poderes públicos empeñados en regularnos la vida.

En España, salvo algunas excepciones, seguimos protegiendo el derecho de unos hijos a ser herederos forzosos que, por la propia dinámica de la evolución social y económica actual, ya no tienen que asumir ni llevan aparejada la obligación que tenían antaño: cuidar de sus familiares y mantenerse a su lado hasta el día de su muerte, cuidando además de mantener y acrecentar el patrimonio familiar.

También resulta curioso ver como el maltrato de los hijos a los padres ha aumentado exponencialmente en los últimos años sin que se haya movido lo más mínimo el derecho de los padres a poder desheredar a los hijos.

Junto a esto tenemos en España una gran paradoja: una vez que se hereda, el nuevo dueño no tiene absolutamente ninguna obligación de conservar ese patrimonio para generaciones futuras. Dándose el caso de personas que han dilapidado las herencias que recibieron sin haber trabajado un solo día en su vida y que cuando ya no tienen dinero, ni oficio ni beneficio, demandan a su familiares para obligarlos a que les den una pensión de alimentos.

¿Creéis que esto es porque tiene que ser así, porque es lo justo, porque es así en todas partes?

Para nada, ni siquiera en toda España se mantiene la misma legislación. El Derecho hereditario tiene múltiples variantes a lo largo y ancho del mundo, y curiosamente o quizás no, dos de los países más importantes en el devenir democrático de las sociedades modernas tienen una regulación diametralmente contraria a la de nuestro Código Civil. Me refiero al único país del mundo que nació siendo ya una democracia: Estados Unidos, y también al primer precedente del derecho constitucional democrático: Reino Unido.

En ambos países existe una libertad absoluta a la hora de hacer testamento (solo se regulan los herederos forzosos para las sucesiones intestadas). Puedes dejarle tus bienes a quien te dé la real gana: amigos, organizaciones sociales, vecinos, amantes… sin que nadie pueda evitarlo (hay solo pequeñas excepciones en algunos lugares).

Es más, personas poseedoras de grandes fortunas como Bill Gates, Warren Buffett, Sting, Mark Zuckergerg, Elton Jonh, Ted Turner… lo tienen muy claro y han declarado públicamente no dejarán sus fortunas a sus hijos, siendo famosa la frase de Buffett: “Los hijos tienen que tener educación y trabajar y buscar su posición en la vida”.

En ambos países también existe una gran tradición de independencia económica temprana de los hijos con respecto a los padres. “Curiosamente” tienen una tasa de paro juvenil (de menores de 25 años) que a diciembre del 2016 era de un 10,1% en Reino Unido y de un 7,8% en Estados Unidos.

En España tenemos un batiburrillo de legislación sucesoria que va desde el régimen general vigente desde el Código Civil de 1889 (sí, habéis leído bien, tenemos la misma regulación desde finales del siglo XIX) que obliga a dejar a nuestros hijos dos tercios de todos nuestros bienes y que se aplica en casi todo el territorio español, hasta la legislación de la Comunidad Foral de Navarra, que establece la total libertad para dejar los bienes a cualquiera, pasando por la de Euskadi que obliga a dejar a alguno de los hijos las cuatro quintas partes de la herencia pero pudiendo desheredar a todos los demás, o las de Cataluña y Galicia que solo obligan a dejar una cuarta parte de la herencia a los hijos.

Pues bien, en España estábamos a diciembre de 2016 en el 43,1% de paro juvenil total. La mayoría de las comunidades autónomas que se rigen por el Código Civil están por encima del 50%. Sin embargo, en Cataluña el paro baja a un 32%, en el País Vasco un 31,25% y en Navarra, donde hay libertad total para testar, está en 26,47%.

¿Tienen estos datos algo que ver con el tema de la existencia de la obligación de dejar la herencia a los hijos en mayor o menor parte? Puede que directamente no o quizás sí. Pero de todas formas da que pensar ¿verdad?

Para mí es muy interesante observar como muchos de nuestros jóvenes viven desde pequeños instalados en la creencia de que tienen un “derecho universal” a ser protegidos económicamente por sus padres desde su nacimiento hasta el día en que estos padres mueran, momento en el cual ya serán los dueños por derecho “propio” de todo lo que sus padres poseían en vida.

Esta misma creencia la tenemos impresa en nuestro ADN como padres ¿a qué sí? Una larguísima tradición legal de obligaciones familiares de todo tipo nos persigue desde que decidimos formar una familia hasta nuestra muerte.

En estas como en otras muchas relaciones sociales que afectan a nuestras libertades individuales no hemos avanzado nada en España (salvo algunas excepciones autonómicas), imagino que porque nuestros legisladores creen que estamos muy bien como estamos, que así nos protegen de nuestras “malas decisiones”, que ellos saben más sobre lo que de verdad nos conviene que nosotros mismos.

De nuevo, la “buena voluntad” de legisladores y jueces no solo cercena nuestra libertad individual una y otra vez, sino que ese “buenísimo” nos convierte en una sociedad cada vez más débil, cada vez más llena de ciudadanos incapaces de coger las riendas de sus vidas y de su futuro.

Además, ahora ni siquiera sabemos qué hacer con tantos ninis, esos hijos que ni estudian ni trabajan. Tenemos a los ninis “democráticamente” extendidos a todas las clases sociales, para desespero de unos padres que no saben qué hacer con unos hijos convertidos en parásitos sociales.

Retomando el tema del derecho hereditario español, a mí me gustaría platear aquí la necesidad de adecuar el Código Civil español al entorno social del siglo XXI y a los espacios de libertad individual que deberían existir en una democracia consolidada como la española.

En mi opinión, y una vez más es solo una opinión como base para un debate, los legisladores del Estado español deberían reconocer la existencia de una total libertad individual para la gestión postmortem de los bienes, en el caso de que sean bienes que hayan sido adquiridos por cada persona a lo largo de su vida.

Siguiendo el precedente de la comunidad foral de Navarra, se deberían respetar los deseos de los dueños para dejarlos en herencia a quienes quieran (siempre protegiendo a los hijos menores, mientras lo sean), dándoles también la posibilidad y el derecho de proteger indefinidamente esos bienes para que puedan conservarse en el patrimonio familiar durante generaciones, si así lo quieren.

En el caso de que se trate de bienes que hayan sido a su vez heredados, en mi opinión el tratamiento debería ser totalmente distinto. Los padres, que no adquirieron esos bienes con el fruto de su esfuerzo, no deberían tener el derecho de venderlos, regalarlos o dilapidarlos, salvo que así lo dispusiese específicamente el testador. Se trata del patrimonio familiar y debería poder ser conservado para el uso y disfrute de las generaciones futuras.

Un ejemplo para verlo más claro: yo solo debería de poder vender, malvender o jugarme, en el casino o en la bolsa o en malos negocios, lo que he ganado personalmente en mi vida, pero nunca lo que ganaron mis padres o mis abuelos trabajando toda la vida y que ellos querían que se mantuviese siempre en el patrimonio familiar para el uso y disfrute de sus nietos y de las siguientes generaciones.

En resumen, lo único que nuestros hijos deberían esperar de nosotros es que conservemos intacto el patrimonio familiar heredado para que ellos también puedan disfrutarlo y que hagamos con el dinero que hemos ganado con nuestro esfuerzo lo que nos dé la gana.

Estoy segura de que este cambio no tendría demasiadas consecuencias prácticas sobre los herederos tradicionales, que muy mayoritariamente seguirían siendo los hijos (además somos muy poco dados a hacer testamento y sin testamento los hijos seguirían siendo los herederos universales) pero que sí corregiría las graves injusticias actuales.

Creo que modificar el Código Civil en este sentido también tendría un gran beneficio social. Propiciaría que las nuevas generaciones entendiesen que tienen que coger las riendas de su vida en cuanto se hacen mayores, que sus padres no están en este mundo con el “exclusivo” propósito de mantenerlos económicamente durante toda su vida e incluso después de su muerte.

Y, además,¡qué narices! quiero empezar a ver cambios que adecuen, de una vez, la legislación a la sociedad actual. Creo que tenemos derecho a ver cambios en el Derecho Civil de una vez. Estoy más que harta de que mis representantes en el Poder Legislativo se hayan quedado anclados en el Derecho Civil del siglo XIX y se pasen nuestra libertad individual por el arco del triunfo de su inmovilismo “protector” o, peor, de su incompetencia para hacer el trabajo que esperamos de ellos.

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