Estamos en plena vorágine de actividad interna en los partidos mayoritarios y todo es algarabía y morbo mediático.

Los ciudadanos asisten, aparentemente horrorizados, a una pelea sin cuartel por el control interno entre líderes que buscan hacerse con el poder y conseguir que sus partidos adopten sus puntos de vista, en cuanto a ideario y estrategia política, para los siguientes cuatro años.

Mientras, los líderes territoriales llaman a la calma asustados por la posible repercusión que esos enfrentamientos tendrán en el futuro en la opinión pública.

Hay que cerrar filas, los trapos sucios se lavan en casa, los enfrentamientos nos debilitan, vamos a perder votos… Repiten sin cesar, realmente asustados. Y parece que con razón a tenor de lo que tradicionalmente ha pasado en España desde que empezó la democracia.

 

La hipocresía social exige dar apariencia de unidad total

Tengo que confesar que siempre me ha resultado curiosa, a la par que descorazonadora, la actitud de la mayoría de los ciudadanos en relación con lo que pasa en el interior de los partidos políticos. Lo único que los ciudadanos parecen valorar y primar electoralmente es que no existan “peleas internas”. Como si creyesen firmemente que los líderes que consiguen esa “falsa unidad” van a estar siempre dotados de una mayor eficacia gestora institucional.

Quién no ha oído eso de: “si no controlan a su gente del partido cómo van a gestionar una institución”.

¡Cómo si el funcionamiento de una cosa y la otra tuvieran algo en común!

Liderar afiliados y dirigir empleados públicos nada tienen en común, aunque algunos políticos se empeñen en tratarlos igual: jerarquizando a los afiliados y exigiendo adhesiones políticas a los empleados públicos.

Los militantes de un partido lo son de forma voluntaria y por lo que creen, los empleados públicos están desarrollando un trabajo y sometidos a una estructura jerárquica. No existe nada en común y deberíamos tenerlo claro desde el principio.

Más ruido interno equivale a más democracia

Pedirles a los partidos políticos unidad absoluta y castigarlos electoralmente si no la tienen, lo único que consigue es convertirlos en una oscura jungla, donde solo van a sobrevivir los más dotados para la lucha despiadada. Sin embargo, estos no suelen ser los más preocupados por los problemas de los demás, sino los más preocupados por ellos mismos y su mantenimiento en el poder.

Para mí la manera de evitar algo tan pernicioso para los intereses de todos los ciudadanos es exigir un funcionamiento verdaderamente democrático de todos los partidos y valorar menos esa falsa “unidad interna”.

Estoy convencida de que ningún ciudadano debería castigar a un partido político porque las diferencias entre sus integrantes se hagan públicas. Debería alegrarse de ello.

Una elección pública y democrática hace que los mejores tengan más posibilidades de liderar los proyectos de cada partido y me parece que eso es precisamente lo que necesitamos para salir del pozo en que nos han metido algunos de los “no mejores”.

La elecciones directas de los dirigentes (las famosas primarias) son la aplicación del principio básico de toda democracia: “un hombre un voto” y deberían utilizarse para elegir tanto a los dirigentes internos de los partidos como a los candidatos que se presentarán a las elecciones en representación de cada partido.

Los militantes de los partidos consideran las primarias muy importantes y con razón. Poder votar directamente a los que consideran los mejores para llevar a la práctica el proyecto ideológico del partido es para ellos parte fundamental de sus derechos.

Por el contrario, para muchos de los dirigentes elegidos mediante un procedimiento indirecto, o directamente por cooptación, el que todos los militantes puedan votar directamente a los líderes es algo que les provoca urticaria, aunque algunos públicamente digan lo contrario. Ya se sabe: muchos políticos dicen una cosa y hacen la contraria.

Debido a esa alergia de los dirigentes de los partidos, el sistema de elección directa no ha sido utilizado apenas, y cuando los dirigentes no han tenido más remedio que aceptarlo nunca ha sido para proteger la igualdad de oportunidades propia de la democracia, sino para dirimir los problemas dentro de la cúpula dirigente: cuando parte del aparato se enfrenta a otra parte por el control de la estructura interna.

Las primarias han sido hasta ahora (salvo algunas honrosas excepciones) un sistema viciado desde la propia convocatoria, cuyas normas aprobadas por los órganos de la dirección a su propia conveniencia, como por ejemplo exigir un gran número de avales, las han convertido en un sistema injusto para los afiliados.

Las primarias siguen siendo el caballo de batalla en todos los partidos, incluso en los que las tienen en sus estatutos como parte fundamental de su funcionamiento, ya que el desarrollo normativo interno dificulta sistemáticamente su aplicación.

Pero también es cierto que los barones de los partidos, que son siempre los más resistentes a su aplicación porque se sienten amenazados, tienen a favor de su tesis de “no primarias” el miedo que los militantes tienen al castigo electoral de los ciudadanos.

“Las primarias debilitan a los partidos”. “No podemos pelearnos públicamente, nuestros electores no lo entienden”. “Estamos dando un espectáculo bochornoso”. “Los ciudadanos no quieren que hablemos de nosotros”… repiten, una y otra vez, los órganos de esos mismos partidos.

La pena es que parecen tener razón, que los ciudadanos españoles prefieren el silencio de los cementerios en los partidos (por ese miedo a debatir sus diferencias en público y ser castigados por eso) que la algarabía y el alboroto que representa la democracia de las primarias.

Desafortunadamente por el momento la hipocresía va ganando a la Democracia. Esperemos que no por mucho tiempo.

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