Hace varios años que una parte importante de los ciudadanos piden alto y claro en las redes sociales la desaparición de los partidos políticos, a los que ven como las organizaciones más corruptas en todo el mundo, según nos cuenta la organización no gubernamental alemana Transparency Internacional que elabora los índices de percepción de la corrupción en el mundo desde 1995.

Por supuesto, en ese deseo de ver desaparecer a los partidos políticos están siendo ayudados enormemente por las acciones de algunos de los dirigentes de esos partidos. Dirigentes empeñados en un actividad partidaria tan autodestructiva, en hacerlo tan mal, que ni queriendo se puede decepcionar tanto a los votantes.

Esos dirigentes parecen tener claro que los partidos políticos no pueden dejar de existir, hagan ellos lo que hagan, que siempre serán imprescindibles y que los ciudadanos tendrán que aguantarse con los partidos porque no hay otra cosa y nunca la habrá.

Se equivocan. Solo hay que darse una vuelta por la historia para verlo. Los partidos no han existido siempre, son un invento relativamente moderno y cuando los ciudadanos realmente los rechacen o ya no los necesiten dejarán de existir, como dejaron de existir otras estructuras sociales.

A pesar de todo, para mí los partidos políticos son uno de los mejores inventos de la mente humana puesta al servicio de las personas, y su descrédito actual no invalida su verdadera importancia.

Seguro que muchos pensáis que decir algo así en estos momentos de descrédito absoluto de los partidos es, cuanto menos, arriesgarse a una sonrisa benevolente o quizás despreciativa por vuestra parte.

De acuerdo, me explicaré: creo que haber conseguido organizar y encauzar las aspiraciones de mejora social, integrándolas en organizaciones estructuradas en función de ideales afines (los partidos políticos) ha dotado a todos los ciudadanos de un instrumento de intervención en los asuntos públicos verdaderamente poderoso y ha conseguido darle impulso y estabilidad a los sistemas democráticos.

¿Qué tal si cogemos el fútbol como ejemplo? Creo que todos estaremos de acuerdo en que organizar la práctica del fútbol e internacionalizarla ha engrandecido este deporte hasta límites insospechados. Sin embargo, ¿les gusta a todos los socios lo que hace los jugadores, directivos, entrenadores… del club de sus amores? Apostaría a que no a todos. Es más, ¿les gusta a todos los seguidores que su equipo gane sea como sea? A algunos puede que sí, pero no creo que a la mayoría.

Estoy convencida de que lo que de verdad les gusta a todos los seguidores es que su equipo juegue bien siempre, aunque a veces, incluso muchas veces, pierda. Me parece que es en esos momentos cuando consigue emocionarlos hasta el llanto, esa emoción de ganar porque se ha sido el mejor o la de perder a pesar de ser el mejor.

Tengo que confesar algo: no tengo ni idea de fútbol. Sin embargo, empecé a respetar esta actividad deportiva la primera vez que vi a “tíos como castillos” llorando en un campo de fútbol. En ese momento comprendí que aunque “eso del fútbol” fuese algo que no llegaría a entender nunca (aquí alguna de mis amigas dirían: es fácil de entender, es que los hombres nunca maduran) el fútbol siempre sería algo muy grande para millones de personas, algo que hay que respetar.

¿Deberíamos pedir que el fútbol desaparezca porque algunos de sus dirigentes no estén a la altura de sus equipos ni de sus socios? A alguna de mis amigas le encantaría su desaparición, pero me temo que no por acabar con la corrupción de sus dirigentes sino porque no soportan compartir el afecto de su pareja con el club de sus amores.

Pues algo parecido ocurre con los partidos políticos. A través de ellos se encauzan las emociones, pensamientos, sentimientos, ideales… de millones de personas que tienen inquietudes políticas y que aspiran a mejorar el mundo que les rodea.

Personas que se emocionan hasta el llanto si su partido político pierde o gana las elecciones, y que aspiran a que gane por la fuerza de la razón y porque sus propuestas son las mejores para la sociedad. No quieren ganar a cualquier precio, ni imponer sus ideas por la fuerza a los demás. Aceptan perder con deportividad porque antes de nada son demócratas y también odian la corrupción.

Claro que junto a estas personas, siempre habrá otras que intentarán aprovechar esas pasiones y emociones para, mediante la oportuna manipulación, poder medrar y escalar puestos, tanto en la política como en el fútbol. Intentarán hacer negocios y enriquecerse a costa de los clubes deportivos o de los partidos políticos, llevándose a casa el dinero de los socios o de los contribuyentes.

Esos personajes van escalando poco a poco en el entramado interno, enfangando todo lo que tocan y degradando la imagen de algo muy querido por mucha gente. Y si se les da tiempo y se les dejan a sus anchas terminan destruyéndolo todo.

El problema es que hay cosas que cuando desaparecen, no sólo producen el dolor de su pérdida y el destrozo de las ilusiones, sino que pueden hundir civilizaciones enteras si estas no están preparadas para sustituir lo que desaparece por algo mejor.

Ejemplos en la historia tenemos demasiados. La democracia empezó en el siglo V antes de Cristo y durante 25 siglos no ha conseguido consolidarse en el mundo. El gobierno de los hombres pasó por períodos de gran oscuridad y solo se ha llegado a alcanzar el grado de libertad que ahora conocemos, y solo en el mundo occidental, cuando los hombres consiguieron encauzar su actividad política a través de un magnifico instrumento: los partidos políticos.

No deberíamos olvidar esto antes de pedir tan alegremente la desaparición de los partidos políticos, porque me parece que aún no estamos preparados para sustituir a los partidos políticos por algo mejor, aunque estoy convencida de que sí lo estaremos en un futuro no muy lejano, la cercanía y la velocidad a la que se mueve la información, junto con el desarrollo de la tecnología, contribuirán a ello.

Deberíamos recordar que todos los intentos que ha habido hasta ahora para acabar con los partidos solo han conseguido dejar el camino libre al fascismo, en sus múltiples manifestaciones de izquierdas y de derechas, para llegar al poder.

Así que, contestando a las preguntas del principio, tengo que decir que sí: puede haber un mundo sin partidos políticos. Y también que sí: puede ser mejor que este. ¿Por qué no? Nada es inmutable en el devenir histórico y todo puede mejorar, aunque también empeorar.

A pesar de que sí lo pienso, no creo que por ahora los países que vamos construyendo día a día y poco a poco una democracia, a la que aún le queda mucho que avanzar, estemos preparados para la desaparición de los partidos políticos. Aún no.

Para lo que sí creo estamos ya preparados es para cambiar las estructuras de los partidos actuales: su funcionamiento, el sistema de elección de los cargos públicos y de los cargos internos… casi todo lo que ya no vale, y que para lo único que sirve es para tapar la corrupción y el nepotismo.

Y, lo más importante, estamos preparados para que el pueblo recupere gran parte del poder que ha venido delegando en sus representantes y que recupere el control de las decisiones políticas más importantes mediante consultas directas y ejecutivas.

El camino para arreglar este desaguisado en el que nos han metido los partidos va más por el camino marcado por Suiza o Islandia con más espacios de democracia directa y por exigir una modernización del sistema de partidos, que por el que vamos nosotros de rechazar a todos los partidos políticos.

Un poco de paciencia. Aún es pronto para que desaparezcan todos los partidos políticos. No nos lo podemos permitir por el momento, no tenemos algo mejor… Pero todo llegará y entonces tendremos un mundo sin partidos políticos y será un mundo mejor.

Eso sí, no olvidemos que nada garantiza que partidos políticos concretos no desaparezcan. Al sistema de partidos es posible que le quede algún tiempo, pero desde luego a algunos partidos les queda muy poco. Los grandes partidos políticos del siglo XX son ya casi todos historia: democratacristianos, comunistas, socialistas… y los que sobreviven parecen tener los días contados.

Es lógico, estas sociedades no tiene nada que ver con aquellas aunque hayan pasado pocos años, es como empeñarse en conservar el televisor en blanco y negro. Como nostalgia vale, pero… ¿para ver el Mundial de fútbol del 2018? ¿en serio?

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