Siempre me ha apasionado la política, igual es algo genético o igual es aprendido, pero la política siempre ha formado parte de mi vida. Como ya he contado en varias ocasiones, desde que puedo recordar la política tuvo un lugar importante, yo diría que central, en mi familia.

La política se vivía de forma visceral: mi madre la odiaba y mi padre la amaba. Crecer, como les pasó a ellos, después de nuestra guerra civil y de la segunda guerra mundial es lo que tiene: no era posible permanecer indiferente o impasible ante un mundo en ebullición de ideas y promesas. Ideas que fueron capaces de sacar lo peor y lo mejor de lo seres humanos en aquellos años.

Siempre recordaré lo que se convirtió en una de las más importantes tradiciones familiares: las “discusiones” sobre política en la sobremesa de la comida de Navidad, hasta que mi padre enfermó. Durante muchos años ese día, en el que se reunía la familia al completo, mi padre siempre se las apañaba para conseguir que cada miembro de la familia terminase dándole la razón o discutiéndosela acaloradamente.

Mi familia ha sido para mí la mejor escuela de democracia y tolerancia que se puede tener. Si no se entendía que cada persona es “un mundo” y que cada “maestrillo tiene su librillo” para arreglar “todos” los problemas del mundo, corríamos el riesgo de tener una ruptura familiar. Así que teníamos muy claro eso de que “la pasión no quita el conocimiento”, y cuando se terminaban las polémicas sobre política todo seguía en su sitio y el respeto y el cariño eran lo único importante.

Cuando se agravó la enfermedad de mi padre la tradición terminó. Había perdido la salud pero no la pasión por la política (tenía el pinganillo de la radio en la oreja todo el día para no perderse ni una noticia), seguía acalorándose demasiado y alterarse no le venía bien.

Así que sí, la política me ha acompañado toda la vida y ha sido, y seguirá siendo siempre, una de mis pasiones. Pero es una pasión en evolución.

La pasión por la política ha pasado de la pasión roja de mi juventud a una pasión gris. Tal y como le ha pasado a la propia democracia española. Cuando hablo de esos colores no me refiero a los de las ideologías al uso (azules=derecha, rojos=izquierda), lo que digo tiene que ver con los colores de las pasiones políticas de los que nos habla el filósofo italiano Remo Bodei.

En un ensayo sobre el color de las pasiones, Remo Bodei propone una visión cromática de la política moderna, identifica el color rojo con un conjunto de pasiones que son las propias del discurso revolucionario, y con el color negro las pasiones del discurso fascista y totalitario, y con el color gris las pasiones de la moderna democracia liberal. Por eso digo que mi pasión por la política ha evolucionado del rojo al gris al compás de nuestra democracia.

Pero el gris de la democracia no puede ser un color frío y desmovilizador, porque como el mismo Bodei señala: “la democracia actual no está hecha de movilización de las masas, sino de desmovilización de las masas, y debemos por lo tanto ser activos. No de manera heroica, pero sí simplemente intentando hacer de la vida propia y de la vida de los demás algo que merezca la pena hacer mejor”. Es lo que él llama “una ciudadanía activa comprometida en términos políticos y democráticos“.

La democracia necesita de la movilización de la ciudadanía. Que cada uno tenga una actitud siempre activa en su entorno. Desde su posición ideológica (del azul al morado, pasando por el rojo o el naranja, y está vez sí me refiero a los colores de las distintas ideologías y partidos que existen en España) o simplemente desde una posición no ideologizada pero sí de ciudadano comprometido. Porque volviendo a citar a Remo Bodei: “Ser pasivo es una enfermedad política y personal”.

Intentar mejorar el entorno que nos rodea es hacer política, preocuparse por el futuro común es hacer política, alertar a otros de los peligros que acechan a la democracia es hacer política. Porque hacer política es sentir la pasión por lo público, por el espacio común, por el futuro común.

Por eso sé que mi pasión por la política no me abandonará nunca?.

Aunque dejé la militancia en el Psoe hace cinco años, antes de hacerlo escribí un libro junto con otros autores. Un ensayo político con un título muy descriptivo: “I love the Welfare State. Los ciudadanos por encima de los mercados”, que recogió no sólo mi pasión por la política sino también mi pasión por el Estado del Bienestar y mi creencia en la Socialdemocracia como ideología central, y absolutamente necesaria, para mantener ese Estado del Bienestar.

Hoy, cinco años después, con el Estado de Bienestar casi desmantelado y con la socialdemocracia en una crisis sin precedentes, sigo pensando lo mismo. Y, aunque creo que alguna de las recetas económicas que estaban en el libro tendrían que ser actualizadas a la vista de la aparición del nuevo modelo de economía colaborativa y del desarrollo tecnológico exponencial en el que vivimos, sigo creyendo que debemos defender a capa y espada el Estado del Bienestar.

Pero solo podremos conseguirlo profundizando en un sistema de participación democrática que sea cada vez más equilibrado entre democracia representativa y democracia directa y donde las decisiones importantes las tomen los ciudadanos directamente, aprovechado para ello los nuevos medios que la tecnología nos ofrece.

Y hablando de tecnología y de política, aprovecho para adelantar algo a lo que le estoy dando vueltas. Tener un blog está muy bien para compartir nuestros pensamientos e inquietudes usando la maravillosa herramienta de la escritura. Pero no solo de escritura vive el hombre, al menos en estos tiempos ?. Por eso me apetece explorar las nuevas opciones que nos da la tecnología.

Ya utilizamos el audio para grabar “Políticapodcast”, un podcast de política y economía de los años 2010 y 2011, que podéis encontrar en Ivoox y en Facebook y que sigue estando de plena actualidad. Pero ahora me apetece ir más allá, aceptar un nuevo desafío que me lanzo a mi misma, y pasarme a la herramienta de comunicación más importante en la actualidad: el video.

No tengo ni idea de cómo va a salir el experimento, pero me encantan los retos, así que qué mayor desafío que crear un canal de YouTube para hablar de política o de tecnología o de economía colaborativa… o de cualquier otra cosa que me apetezca compartir con vosotros. ¿Qué mayor desafío en el terreno de la comunicación para alguien con mi edad que intentar ser una youtuber?

No creáis que me engaño, sé que eso es pisar el terreno de los centennials (parece que hasta los millennials están llegando tarde al vídeo como forma de comunicación y se han quedado más en la imagen) y que lo normal será que el proyecto fracase. Más aún si lo que pretendo es tocar temas como la política, algo tan serio y tan aburrido a priori. Pero el fracaso ya lo tengo descontado?. Además, la cobardía nunca es una buena opción ¿a qué no??.

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