Os propongo un paseo desde Julio Verne y su “París en el siglo XX” a Nicholas Negroponte y su pastilla rellena de nanorrobots para aprender idiomas. Estoy convencida de que solo hace falta que alguien imagine algo nuevo para que termine siendo realidad:).

Fueron mi padre y los libros de Julio Verne los que, desde muy pequeña, despertaron en mí la curiosidad por la tecnología. Por eso cuando llegó internet con el mundo World Wide Web, a mí me atrapó de inmediato.

Recuerdo que diseñé mi primera web en 1996, hace 20 años ya, con un programa, FromPage, del que no tenía ni idea. Lo conseguí después de leer un tocho de más de 500 páginas, que me costó lo mío. Estaba muy orgullosa porque había conseguido integrar imágenes con animaciones, aquellos gifs animados de la edad de piedra de internet, que han vuelto a resucitar como potente herramienta de comunicación.

Siempre me han interesado los avances tecnológicos y cómo han ido incidiendo en nuestras vidas. Nadie puede entender nuestra sociedad actual sin la hiperconexión de los teléfonos inteligentes, las redes sociales, el todopoderoso buscador Google o las tiendas virtuales que te acercan a casa cualquier producto desde cualquier lugar del mundo.

Las sociedades más desarrolladas, entre las que nos encontramos, parecen que han sabido ir adaptándose, más o menos bien, a los cambios tecnológicos producidos, integrándolos y aprovechando su potencial como factor de desarrollo económico.

¡Hasta ahora!

En adelante parece que todo será distinto. El crecimiento exponencial de la tecnología ha convertido el futuro es un lienzo en blanco donde absolutamente nada está escrito.

Nuestras normas de convivencia, las normas que regulan cualquier actividad humana, están quedando obsoletas por momentos, el mercado de trabajo va en una dirección y la formación en otra, la economía digital se come sectores productivos enteros, etc.

Mientras, los dirigentes políticos actuales no parecen tener ni idea de cuál puede ser la profundidad del cambio que la tecnología traerá a nuestras vidas y cómo se articulará la sociedad que emergerá de ahí.

En mi caso comencé a vislumbrar la profundidad del precipicio frente al que estamos el día que oí hablar por primera vez de la Singularity University (Universidad de la Singularidad) cuya finalidad es «reunir, educar e inspirar a un grupo de dirigentes que se esfuercen por comprender y facilitar el desarrollo exponencial de las tecnologías y promover, aplicar, orientar y guiar estas herramientas para resolver los grandes desafíos de la humanidad».

El hecho de que exista una universidad plagada de premios Nobel y cuyo objetivo es preparar a los próximos líderes mundiales en el manejo de un nuevo mundo, del que lo único que se conoce es que no se sabe cómo será pero sí que será radicalmente distinto de la actual, es como para hacernos pensar, ¿no os parece?

La singularidad tecnológica ocurrirá previsiblemente en unos pocos años, no muchos, quizá en unos 10 o 20 años, y será el momento en el que el progreso deje de estar limitado por el cerebro humano porque las máquinas de inteligencia artificial superarán a los humanos.

Antes, sin embargo, habrá, porque ya los hay, avances impensables para la mayoría de la gente que vive alejada de este mundo tecnológico pero que serán influenciados por ellos. Avances que cambiarán radicalmente el mundo en los próximos 10 años.

Vivimos en una época tecnológicamente apasionante y deberíamos mantener la mente abierta y trabajar intensamente nuestra capacidad de aceptar y adaptarnos a los cambios. Cambios profundos que afectarán a nuestro mundo exterior, pero también, y muy especialmente, a nuestro mundo interior.

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